En la busqueda de Avalon

Los tiempos cambian


Un saludo emocionado y alegre al pueblo boliviano!!


¡VIVA EVO!




Friné en casa

En las últimas semanas, sumamos a nuestras seis mascotas, una nueva... especial.
La adopción comenzó a preparse unos días antes, cuando mi hijo me preguntaba con insistencia:
- Mamá, viste la araña que está cerca del lavadero?-
¡Glup! Yo no quería verla, y cuando llevaba ropa para lavar, entraba de costado, por las dudas...
Hasta que un día me acercó una foto del bicho... Ay... Casi me muero de la impresión.
Pero ¿qué hacer? Ella vive en su tela, entre las hojas y las flores, no molesta a nadie, y no sabe que me asusta su aspecto.
Le dimos nombre: Friné, por pura paradoja. Friné como aquella hermosa griega, que condenada a muerte por los jueces por posar desnuda para Praxítetes, como única defensa, se despojó de su túnica, y logró la libertad.
Mi marido, preocupado, ve que no podrá podar el taco de reina, porque eso le haría perder la casa. Y luego de las tormentas de estos días, nos asomamos a ver si la resistió.
Ajena a todas las acomodaciones que produjo, Friné, vive su aburridisima vida, atenta a comer sabrosos mosquitos.




Honrar la vida


El 4 habría cumplido años mi madre, una mujer muy, muy especial...

Como toda hija que se digne, discutí con ella un día sí y otro no, y me reí a su lado, como con pocas personas lo hice. Ahora, al recordarla, me invaden la alegría de su mirada verde clara y su apasionada valentía.

Ella nació rebelde. La verdad, como todas sus hermanas, que pelearon contra viento y marea por sus elecciones hasta que llegaron a sus metas. Quizá por reacción a un padre extremadamente represivo, que apenas dejaba respirar a su mujer y a sus 9 hijos.

Y debió ser singular desde que tuvo conciencia, porque ya antes de llegar a la escuela, en tiempos en que la gente de teatro, era mucho más que mal vista, mi madre decidió que sería actriz.

A los 14 años, comenzó a noviar con mi padre. Eran vecinos en una ciudad de la pampa bonaerense. Debían formar una pareja hermosa, porque ambos lo eran superlativamente. Pero mi abuelo materno no lo veía así.

Ambas familias encarnaban una paradoja. La de mi padre, socialista y adinerada; el padre de mi madre, en cambio, de derecha y de una clase modesta. Cuando se enteró que estaban “afilando”, así se decía entonces, se los prohibió terminantemente. Desde luego, a escondidas continuaron frecuentándose, hasta que los descubrió el hermano mayor de mi vieja, se lo dijo al padre, quien esa misma noche, la fletó en el “tren nocturno”, a Buenos Aires, a la casa de una tía.

- Nunca más lo vas a ver.- Le dijo.

Ella, fue llegar, y aunque su tía era más severa que su padre, ingeniárselas para meter las narices en el teatro y comenzar a trabajar en una compañía. Como era irreductible, su tía la dio por caso perdido, y mamá se dedicó en cuerpo y alma a su pasión.

En aquellos días, las compañías de teatro realizaban larguísimas giras. A los 16, en Mendoza se enteró que a mi abuela se la había llevado un ataque de asma. No había vuelto a verla desde aquella noche en que mi abuelo la desterrara, ese fue un dolor que no expió.

Poco después, falleció su padre. Quedaba una hermanita de 6 años. De los 9 hermanos, los varones no podían hacerse cargo, ni las hermanas que tenían sus propios proyectos. Así que mi madre asumió la tutoría, pero, como era menor de edad, sin papeles.

Vivió tres o cuatro años en la angustia de que se la sacaran, y la enviaran a algún instituto, porque viajando, la nena no podía ir a la escuela con regularidad. Mi vieja le enseñaba lo que ella había aprendido, y se las ingeniaba para que cruzara las fronteras sin documentos.

Finalmente la hermana mayor aceptó la custodia de la chiquita. Y mi tía tuvo una casa “comme il faut”, aunque mamá nunca dejó de sentir una exagerada responsabilidad por Paula.

El tiempo pasó, cimentó una carrera exitosísima. Hacía teatro, dirigía, tenía varias compañías de radioteatro y recibió becas para enseñar dirección en el país, en otros de latinoamérica y en Europa.

Así pasaron 18 años en los que no olvidó a “aquel noviecito” de la adolescencia. Todas sus amigas, sus compañeras, su secretaria, me han contado mil veces, como cada día, mi madre, que aunque había tenido varios novios, y docenas de pretendientes, no se avenía a casarse, les decía:
- ¿Qué habrá sido de Luisito?

Cierto vez, regresando en tren de Jujuy a Buenos Aires, en el salón comedor le tocó como compañera de mesa una persona de su ciudad de origen. Desde luego le preguntó si conocía a mi papá.

Él le dijo que sí que lo frecuentaba, aunque la familia de mi padre, hacía muchísimos años que se había radicado en Buenos Aires. Mi madre le dio una tarjeta suya y le rogó se la entregase.

Mi papá contaba que un día en el trabajo, al sacar el paquete de cigarrillos del bolsillo, topó con la tarjeta y, se dijo
- Vamos a ver que quiere esta loca de m…-

En la charla, mi madre (que usaba seudonimo) reservó su verdadera identidad, y en un momento le preguntó si conservaba recuerdos de algún amor de juventud.
Mi viejo le dijo: “sí, recuerdo unos ojos claros y unas trenzas rubias”. Era ella.

Quedaron de encontrarse en la esquina de Santa Fe y Callao.
Mi madre llegaba y mi padre al verla la abrazó exclamando:

- Susana, algo me decía que eras vos.- Y le mostró, entre los documentos, una foto que ella le había entregado en la adolescencia, y que él llevó consigo siempre.

Mi papa, que estaba a punto de casarse con otra mujer, provocó un cisma familiar rompiendo el compromiso, y unos meses después lo hizo con mi madre, románticamente, como hicieron todo, sin avisarle a nadie, salvo a los amigos que salieron como testigos.

Yo llegué al año, y viví en esa atmosfera especial, porque aunque hubo problemas entre ellos, como en toda pareja, algo los volvía diferentes.

De chica no comprendía donde residía lo peculiar en su relación.

Ya mujer, entendí que la inmensa mayoría de las parejas continuaban juntas por rutina con el amor esfumado. En cambio, a mis viejos no se les apagó la llama, logrando la sobrevivencia del enamoramiento, al compañerismo que impone los años.

No sé si por inteligencia, o porque simplemente así les pasó, ellas vivieron
como lo que eran: un hombre y una mujer, así continuó fluyendo el erotismo que los había unido. Se miraban desde esa condición, y evidentemente seguían eligiéndose. No le aflojaron a la seducción.

Jamás se besaban en la mejilla, siempre en los labios. Caminaban enlazados, charlaban con complicad, se miraban a los ojos con inteligencia y con algún lenguaje privado. Cuando pasábamos los veranos en Mar del Plata. Se levantaban a las 5 am, iban a caminar solos por las calles verdes y tranquilas y, mi padre robaba flores de los jardines que iba regalándole.

Y cuando mi padre, que era un intelectual, perdió la vista, ella pasaba horas leyéndole, y buscando por las librerías los libros que él le sugería.

Así fue hasta el último día.


El 4, habría cumplido años mi madre… una mujer que se ganó a puño el don de encontrarle a la vida los más dulces jugos.

Exótico en el centro del corazón


Cuando voy al Archivo, llegando a ese punto en el que Monserrat, aun no enloquece en microcentro, todas las veces, dejo de leer y los ojos se me van por las calles antiguas.

El viernes, en un embotellamiento, reparé en un señor gordo, medio despantalonado, doblado como un acento circunflejo sobre el alfeizar de una ventana, destripando, moneda en mano, una raspadita. Estaba tan concentrado en su tarea menuda, tan indiferente al mundo.

A un metro de él, dos vecinas, charlaban a la puerta de un comercio, una apoyada en una escoba, la otra gesticula tan aparatosamente que provocaba escucharla; ellas también indiferentes a las miradas.

Luego, me detuve a mirar un cafecito que hay en una esquina de la calle Perú, los parroquianos felices bajo el sol inclemente, parloteando como si fuera un domingo.

Me di cuenta que en los antiguos barrios que bordean el río, la vida bulle, es ruidosa, natural, anacrónica quizás, pero ¡Cómo late! Es como un pulso napolitano.

Y, en medio de la naturalidad de ese ritmo, uno y otro yuppie, estirado, frígido, impecable en su traje de diseño, con cara de poker…


Gente de carne… y gente de cera. Debe ser cosa de la suerte que uno nazca de un lado o del otro de la barrera.

Eclipses que son pasiones


Llevo unos meses internada en el Archivo, uno u otro, da igual.
No me disgusta, muy por el contrario.


Pero, extraño a los amigos, las charlas de cada día, las novedades, leerlos, entenderlos y recibir lo mucho que ellos me dan.


El 2 de noviembre León presenta su último libro que tanto discutimos en Buenos Aires, mientras lo pensaba. Casi no lo hemos conversado.


Algo pasa también con las historias de Isabel Barceló, sus maravillosas historias sobre las mujeres romanas. No he podido asomarme a las nuevas, ni destripar si a las que conozco las plasmó en papel.


Extraño a Fernando, a Ana de Montevideo, con la que tan bien nos entendemos, a Ana de Elche. A Alejandra, aunque con ella, pudimos (trabajo en medio) no sólo tomarnos un café, sino hasta juramentarnos para escribir un ensayo.

El que estoy escribiendo ahora, toma por momentos tanto vuelo, que roza con la punta de un ala, aquella historia de la chica Bressan y de los Reinafé que alguna vez escribimos con Alberto.

Así es mi vida. Una pasión llega, me ocupa, y el resto se eclipsa. Entonces, la nostalgia, mientras se viaja en el subte, echa una mano, trepa por memoria y abre la sonrisa.

Y la sonrisa es buena, buena como todos aquellos que van conmigo.


La negra



Hay personas que no conocemos más que por sus productos, pero viven en nuestros recodos más íntimos. Pueblan nuestra vida, desde el comienzo mismo de la memoria.

Recuerdo perfectamente una manaña de sábado, yo era muy chiquita, en que mi padre, vaya a saber porqué extraña intuición, dado que era un fan de la música clásica, compró el primer disco que editaba una cantante tucumana.

A veces lo escucho, y encuentro en la voz pequeña y dulce de aquella Mercedes Sosa, el germen de la que tendría luego, que para mí gusto, es la mejor del siglo XX, junto a la de Ella Fitzgerald.

La Negra, me acompañó en todos los tiempos, en los que creíamos que amasábamos el cambio definitivo; el los otros en que habí que canturrear para adentro, porque "el silencio era salud", y despues del 83 cuando lo saludable regresó a las calles.

Todo cambia... Vaya si a mi edad eso se aprendió... todo es cambio... pero la pucha como duele saber que la Negra, no quiere echarle el pecho a lo que aún falta llegar.

Auxilio Social


Voy en estos días, estupefacta, observando como bullen los acontecimientos a mi alrededor.

La mar de esos hechos, indigestan. Todos los que detecto son relaciones sociales emergentes del estado en el que vivimos.

Ayer, por ejemplo, en un supermercado, fue testigo de un hecho que me dejó sin capacidad de reacción… (debe ser que funciono en baja...)

La cajera era nueva, la encargada le iba enseñando a dar sus primeros pasos. La clienta que me antecedía pagó con una tarjeta todo, menos un vino. Yo, que no soy muy detallista, ni me había dado cuenta, hasta que la supervisora le explicó a la cajera, porqué la clienta hacía la compra de esa manera.

-La Sra. paga con una tarjeta social, en ella no puede cargar vinos, por eso lo paga aparte.-

(Aclaro que una tarjeta social, es una ayuda de unos pocos pesos, que da el estado a los carecientes para que coman alguna cosa)

Entonces, eché una mirada al vino, casi me caigode traste, porque se trataba de uno muy fino, una botella que ronda los $40.-, sorprendida, observé disimuladamente a la clienta, que la verdad por la ropa y la bijouterie, no parecía pobre. Y no lo era, porque la señora que compraba con una tarjeta de auxilio social, sacó una Visa Gold y con ella abonó su vino.

No sé porqué no reaccioné. Porque asco me dio. Todos los días cuando voy al trabajo, veo a la gente durmiendo en las calles, en las Recovas del Bajo, en las escalinatas de la Biblioteca del Congreso; veo a los chicos vender firuletes en el subte, pedir en las paradas de los semáforos. Escucho cuando hago las compras, a las amas de casa, que ya no saben a que alquimia recurrir para parar la olla. Sucumbo a los ojos de los jubilados que no tienen salida.

Sentí asco, pero me callé…

Soy tan culpable como el que le habilitó el plan social a quien tiene medios, soy tan culpable como ella misma, que es una simple delincuente, o no tan simple, porque se apropia, hasta de la última miga de lo que le corresponde a otros.

Sentí asco… pero callé…

Preguntas sonsas


¿Porqué las mujeres del Mediterraneo, donde el sol alegra la vida, se vestían tradicionalmente de negro?

¿Porqué el diseño y color de los tejidos, las danzas y la vestimentas tradicionales del Tibet, son tan semejantes a las de ciertas regiones de Bolivia?

¿Porqué las comidas más condimentadas se dan en las zonas montañosas?

Así como el erke o el shofar parecen curar el alma y los mantras de todas las religiones nos alivian las tensiones.. hoy… qué hacemos hoy para curar el estrés que es nuestro alter ego?

Qué otros “porqué sonsos” se plantean Uds?

Balcones y suspiros




Siempre que paso junto a un balcón colonial, creo percibir suspiros de amor contenido.

El de las niñas de entonces por los caballeros, que por las calles iban viviendo, mientras ellas esperaban dentro de los salones.

Suspiros que suelen acompañarme un trecho, como si se extendieran en lazos de raso, aquellos mismos, que esas niñas, anudaban a las rejas, por las noches, para que sus enamorados las recogieran por los besos imposibles.

Todos suspiramos por amor, alguna vez. Pero, ¿Por cuál amor se aterciopeló nuestro aliento?

¿Por el de la primera inocencia; por el que dejamos escurrir creyendo que la vida nos lo volvería a ofrecer; por el que declinamos por orgullo; por el que nos floreció alguna vez sobre la piel y del que alguien se llevó las rosas; por aquel con el que nos desencontramos al equivocar los trenes; por ese que no ha llegado y nos palpita aún en algún rincón soleado de las esperanzas?






7 de setiembre de 2009

Otra vez... volviendo




Volver es igual a partir.


Quedan a las espaldas amores y ausencias. Y entre el ir y venir se teje la vida.

Los porteños, cuando decimos “volver”, oímos a Gardel sentenciando “Volver con la frente marchita…”

No vuelvo así… cambiada, sí… con el latir del pulso impulsándome a la marcha.

Paso la hoja sabiendo que emplee de la mejor manera posible mi tiempo, que coloqué la libido donde era necesaria, y, hoy respiro hondo escuchándome en armonía.


Paradójicamente lo que se va se queda. Paradójicamente, cuando se cuela el no estar, se ha estado.

Es el día de recomenzar…
22 de agosto del 2009

Siembras y cosechas

Imagen: Pepa Sánchez. (Acrílico)
http://pepachez.blogspot.com/


El amor es un trabajo de siembra con cosecha impredecible.

AMY 587, un impecable cochecito bordo


Foto: http://complejosherwood.com.ar/ubicacion/ubicacion.htm

Miércoles soleado, algo después de las 4 de la tarde.


La señora rubia, venía conduciendo su autito patente AMY587, por la calle Cochabamba hacia el Oeste.

Llegó con su AMY587 al cruce de Colombres (calle con un tránsito rápido y conflictivo, porque en 70 metros, en ese lugar, tiene una rampa de entrada y otra salida de la Autopista 25 de mayo).


La señora rubia que conducía en AMY587, miró el semáforo en verde, olfateo la entrada a la autopista a escasos 40 metros a su izquierda, pensó, con mentalidad de señora que conduce el AMY587, que entrar correctamente exigía dar la vuelta a la manzana, perder tiempo y combustible y, que cumplir con esas pavadas de las normas de tránsito y de convivencia, holgaba para importantes señoras que conducen un coche patente AMY587… así que metió de contramano.


El impecable “Fiesta?” bordó, Patente AMY587, avanzó impunemente contra los conductores que venían en regla y que frenaban espantados.


La señora rubia que conducía su AMY587, comenzó a asustarse justo cuando llegaba a la rampa de acceso, (no digo tomar conciencia de sus actos, porque la señora que conducía el AMY587, carece de sentimientos sociales), dio un volantazo, se cruzó sobre la entrada de semejante autopista, con lo que demostró no sólo ser irresponsable, sino también torpe… Y ahí estuvo haciendo maniobras insuficientes, como de ahogado.


Tenía razones para asustarse la señora del AMY587, aunque las estrellas se cuadraban a su favor.


Por suerte para ella, no para el resto de los porteños, el patrullero que allí monta guardia todos los días, no estaba. Por suerte para ella, no se le cruzó un ciego camino a la plaza Aromática, que se encuentra justamente ahí, donde ella cometía sus tropelías. Un ciego, no calcula que un fiesta? bordo chapa AMY587, puede atropellarlo por el sentido contrario al que indica la mano de la calle.


Estábamos a un tiro de piedra de la, a estas alturas, ansiosa Señora rubia del AMY 587. Todos los transeúntes la veíamos nítidamente.


Mi amigo se había equivocado en su apreciación:


- Estos son chorros (delincuentes) que escapan de la policía.-


No, la del AMY587, era una señora rubia común y corriente, a la que acompañaba otra mujer mayor.


Cuando orientó su coche, subió por la rampa de la autopista y se perdió de vista el AMY587.


Se perdió entre los muchos conductores que si la miraban, verían en ella a una mujer más, sin sospechar que rodaban junto a una potencial asesina.


Quizá mi amigo tenía razón, la rubia del AMY 587, si era una delincuente.


Acá me quedo yo, rogándole a Santos, ángeles y querubines, no volver a encontrarme con la Señora del fiesta bordó chapa AMY587.



consideraciones generales acerca de los accid
entes de tránsito

La casa de la cortada




Dicen que la casa que veía Sábato, cuando describía aquella de “Sobre héroes y tumbas”, no era la muy mentada de la zona sur, sino una muy particular, en Oruro y Carlos Calvo.


Resulta tan impropia al barrio, que en algún momento, un ansioso por conocer su historia, me ofreció una excelente suma de dinero, para iniciar las investigaciones. Era en los tiempos en que Argentina se hundía y ese dinero me venía muy bien. Pero no acepté, era inútil.


Isabel y yo la habíamos descubierto una tarde de invierno, mientras caminábamos, repitiendo como loros, los pares de nervios craneales para un parcial.


Se veía tan tenebrosa envuelta entre los grises del frío, que nos atrapó de una vez y para siempre, con su influjo hipnótico.


Estaba cerca de la facu, así que íbamos a menudo a mirarla. Y como no tenía fascinadas, iniciamos el recorrido para aprehender su secreto. Desconocíamos por entonces la leyenda que la unía a Sábato.


La casa era como esas personas hermosas, que saben que su poder reside en su misterio. Cuanto más nos empeñábamos en conocerla, mejor escondía sus orígenes.


No hallamos un solo documento que revelara su origen, su paso por las escribanías, los nombres de sus dueños, de su constructor. Sus habitantes, nos cerraros muchas veces las puertas. Nos atendían entreabriendo apenas las celosías, eran más misteriosos aún que los interrogantes. No cejamos… Pero la casa nos ganó la partida.


Nadie pasa por la cortada sin rendirse a su embrujo.


Quizá, sí los que viven muy afinados con la cultura postmoderna…


Casi mejor, los bohemios sin remedio la tenemos entera para aumentar la sed de nuestro deseo.

Los decentes y los innombrables

Foto: http://criticadigital.com/fotos/dolares_OK_1.jpg


Acaba de llamarme una amiga, aún incrédula y temblando.

Esta mañana salió de su casa, llevando en su cartera (bolso para los españoles), 5.500 dólares que debía depositar en el banco.


Ella está con problemas personales, así que la cabeza va por sitios diferentes que su cuerpo. Iba por el microcentro, sintió que le bajaba la presión, entró a un café, tomó algo. Mientras en eso estaba, sonó el celular, era una urgencia. Guardó el telefonito en el bolsillo de la chaqueta que llevaba puesta, pagó y se marchó.


Llevaba hechos unos 700 metros, cuando suena nuevamente el celular. La llamaban del bar donde había estado, para informarle que se había olvidado la cartera, que un cliente la había encontrado y la había entregado en la barra. Atónita, se palpó los hombros y efectivamente iba sin cartera.


Recuperó todo, el dinero, los documentos, la agenda.


Como suelo decir, siempre hay dos polos.


Recordé que una tarde, este invierno, entramos con León a Plaza del Carmen, en Scalabrini Ortiz y Santa Fe. Era un sábado o un domingo muy gris. León, que es español, volaba un par de días después a Montevideo, y me mostró un detalle del pasaje. Lo apoyamos sobre la mesa y continuamos charlando. Pagamos, nos fuimos y a los 100 metros, él se dio cuenta que nos lo habíamos olvidado en el bar, dentro del inconfundible sobre de Aerolíneas Argentinas.


Regresamos y comenzó la odisea para recuperarlo. La mesera lo había echado a la basura. Pero antes se había tomado la molestia de sacarlo del sobre y partirlo en dos.


Yo me encargué luego de ponerme en contacto con el gerente de esa cadena gastronómica, para comentar el maltrato, y éste, muy fresco, me respondió por mail, que ellos no están para guardar lo que los clientes olvidan sobre las mesas, así pasen dos minutos del momento que se retiraron.


La cara y la ceca y de la vida.


La gente y los otros.


Yo creo que siempre, hay más personas honradas y de buen corazón, que los de la línea de Plaza del Carmen.


¿Ustedes qué piensan?

Busqueda y buscadores



En estos últimos días, pasé muchas horas buscando por Internet material de trabajo.


Observé que la información académica: publicaciones de Universidades, tesis, monografías, los grandes trabajos de los más reputados investigadores, el material institucional, de archivos, de museos; permanece sepultado por infinitas capas de datos superficiales, provista por los blogs y pequeñas comunicaciones. Así que dar en el clavo se convierte en una tarea para Indiana Jones.


Esto me hizo pensar, en lo eficaz que resultaría, un desdoblamiento en los motores de búsqueda.


Uno que indagara en los artículos de formación y cultura y otra por los sitios de placer y comunicación.


Porque de esta forma, Internet dejará de ser una vía útil, para convertirse en un enorme parloteo.


No estaría mal. ¿Ustedes qué piensan?


Un beso aleteando


Antonio Canova: Psique y Cupido


Entonces, te dije:
- te dejo con un beso mío aleteando en tus labios-
Y vos, mirándome a los ojos:
- respondo igual, muy suavemente como respetando hasta el extremo tu boca y tu corazón.-



Supe así que no tendría jamás un amor mejor que el que me dabas.

Esta mujer duerme




¡ Ay! Si la primavera
consintiera en visitarme.
Si mi corazón fuera rayo y,
mis piernas cuarzos pálidos,
confiables.


¡Ay! Si la soledad
doliera menos
y la piel manchada
de pecado,
lo ansiara y provocara.



Nada tensa mis nervios
ni riza mi boca al deseo.
Mansa, relicario, misal,
esta mujer duerme
un sueño blanco e importuno.


Cae la última gota de rocío
entre mis pechos sosegados,
sobre mis labios pálidos,
en mis muñecas finas,
por el vientre blando
que, ayer, enamorado,
abría banderas
y entonaba himnos.

Geishas

¿Saben que significa el término Geisha?: Persona que vive de su arte.


Nos dice poco, porque está recubiertas de misterio. Pero, como es una institución a punto de extinción, los velos se levantan.

El proceso de creación de una geisha comenzaba cuando las llamadas “madres”, recorrían las aldeas comprando niñas menores de 8 años a los campesinos pobres. De esas, algunas alcanzaban la meta y otras quedaban como sirvientas.

Hacia los 15 años, las llevaban a casas de té, para ser mostradas a hombres adinerados que las desfloraran y las mantuvieran a su disposición sexual, pagando por ello una suerte de dote, que cubría todos los gastos que la educación de la “víctima” había ocasionado, el monto variaba entre los 100mil y 500mil dólares.

Hay que recordar que los gastos de una geisha eran altísimos. Por ejemplo, un kimono, a valor actual, se pagaba unos 20.000 dólares y se necesitan contar con no menos de 20. Pese a esta fastuosidad, habían sido prisioneras de un entrenamiento feroz y no gozaban de independencia alguna.

Para colmo, estas mujeres dedicadas a hacer gratas las horas muertas de caballeros acaudalados, debían borrar de sí mismas, toda característica original. La consigna era la sumisión a un molde de sublimación femenina, donde se alienaban por completo.

Huelga decir que no concedían favores sexuales, toda la relación se daba en el plano de la seducción, donde los varones casados con mujeres que les habían adjudicado sus padres, se daban el lujo de elegir una de su agrado.


Hay un detalle curioso en la historia de esta institución: en un principio todos los actores de Kabuki (teatro japonés) eran mujeres, que luego de las funciones eran visitadas sexualmente, por los espectadores.

En esos tiempos todas las geishas eran hombres. Su función consistía en ir excitando a los caballeros para el encuentro con las actrices.Ahora, ¿Porqué las geishas eran varones? Se suponía que nadie podía entender mejor lo que deseaba y encendía a un hombre, que otro hombre.

Curioso, ¿no?

En el siglo XVII, hubo un cambio en la moral que invirtió las cosas: todos los actores de kabuki fueron a partir de entonces hombres, y todas las geishas mujeres. Y estas primeras artesanas de la satisfacción masculina, aprendieron su arte, de los viejos maestros varones.

En la actualidad sólo quedan unas cuantas en Tokio y Kyoto, que pasan de los 40 años. Además de ejercer su “arte”, practican profesiones liberales y viven en sus propias casas. Ellas aún animan reuniones en casas de té, usando juegos sensuales de gran ingenuidad a los ojos de un occidental, pero que tiene un costo millonario. Una cena para cinco ronda los 10.000 dólares.


Para contar con una mujer silenciosa y obediente, amigos, hay que sacar cuentas… por ahí, conviene una parlanchina...





Carlota y la cocina


Carlota era conocida como la bella francesa. Y su lindura debió ser superlativa, porque aún se la recuerda con ese calificativo.

Entonces, algunos hacían hincapié en lo de francesa, masticando con aceptación lo innegable de su galanura.

Francesa, lo que se dice francesa, no era. Según la leyenda, su padre había sido uno de aquellos soldados que componían el ejército de los 100.000 hijos de San Luis, que vaya saber uno porqué, se radicó en España, y ya viejo, engendró a Carlota, que abrió los ojos a la vida en El Bierzo.

Ella, para marchar sus caminos, se valió de su figura y de su astucia, que también la tenía a mares.


Por eso, partiendo de la nada, ahora en Lugo, metió en la hucha de su ambición tierras y maridos. Y cuando ya el cuerpo no le daba, movió sus reyes con certidumbre, obligando a sus hijas a casamientos patrimoniales.

La vida le cobró todas las lágrimas y penurias de aquellas niñas que intercambió.

Sus cuatro hijos varones vinieron a América. A los cuatro los sorprendió la guerra en Cuba.

Sentada a la lumbre con lo que le quedaba de familia, en las noches profundas, en la casa de piedra, el aullido del lobo encrespaba a todos. Pero ella oía mejor. Destejía el lamento en nuevas. Por eso en cuatro ocasiones, se levantó llevándose las manos al pecho, pálida como la luna, muda como pedernal, sabiendo que tenía un hijo menos.

No necesita del telegrama que puntualmente llegaba con sus lutos.

Decían en esa cocina, tantísimos años después, que la muerte que siempre nos ronda, habla para quien la sabe oír.

Carlota sabía. Y de todos los dones que le había tocado en suerte, este encerraba el huevo de la serpiente.



Cuentos para noches con compañía.


Esta tarde, en medio de una charla, recordé historias que se contaban en la cocina de mi suegra. No en la de Buenos Aires, donde los electrodomésticos se disputaban el espacio útil. Sino la originaria, en su aldea natal, en medio de la aspereza de las montañas.

En esa casa, que conocí ya casi deshabitada, que había albergado una generación tras otra, sus primas traían a cuento historias de aparecidos, de hombres lobo, de aullidos nocturnos anticipandose a la muerte, que erizaban la piel e invitaban a dormir acompañada.
(Amigos: el cambio de plantilla nos desorientó. El enlace para los comentarios está arriba)